Cinco claves de la Espiritualidad Ignaciana

La Compañía de Jesús asume la tarea educativa como una participación en la misión evangelizadora de la Iglesia. Por eso, nuestros centros quieren ofrecer a la sociedad una clara inspiración cristiana y un modelo de educación liberadora y humana.

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La espiritualidad ignaciana propone un camino para mirar la vida de una manera nueva, agradecida, con ojos compasivos y comprometidos, con dosis de humor, de sentido común, de apoyo en los demás, de una lectura sabia de nuestro pasado para no tomarnos trágicamente el presente y vivir inspirando futuros.

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En la sociedad de hoy en día no hace falta viajar lejos para ver cosas exóticas, el “otro” está más cerca que nunca. ¿Pero cómo relacionarse con él? El encuentro con una persona diferente supone riesgo pero sobre todo es fuente de posibilidades. Es un proceso que implica actitudes, valores, modos, comportamientos y formas de acercamiento teñidos de apertura, diálogo y confianza de todas las partes. El camino no es fácil y no sería honesto ocultar lo que todo esto tiene de desconfianza y sentimiento de pérdida. Pero el esfuerzo merece la pena. Ese encuentro enriquecerá nuestra propia identidad y fortalecerá lo que nos une.

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Es una apuesta por vivir respetando la realidad y las personas. Ser “contemplativos en la acción” implica aprender a mirar el fondo de las cosas, sin quedarnos en las apariencias o en la superficie. Es hacer frente a la vida tal y como es, con sus éxitos y derrotas. Para vivir así, la clave está en buscar y hallar algo significativo que te ayude a trascender, a ir más allá de lo inmediato. Es tener algo que te dé fuerza al comenzar cada jornada y motivación cuando el camino se hace cuesta arriba ya sea un proyecto, un sueño o algún nombre de tu vida.

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La reconciliación refleja, entre otras cosas, que somos seres rotos. Cada uno de nosotros llevará siempre las heridas de su sufrimiento. Ni pueden ni tienen por qué ocultarse. Sin embargo, esas heridas pueden reconciliar y dar vida. Las heridas nos comprometen, nos empujan a no permanecer indiferentes. Las heridas nos invitan a ponernos en lugar de la otra persona, a hacer un poco nuestro su dolor. Las heridas son una invitación a vivir desde la vulnerabilidad, a ser conscientes de nuestra fragilidad personal y comunitaria. Y son también señal de esperanza, de que la reconciliación es posible.

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Vivimos en la sociedad del “yo”, a veces dramáticamente individualista, en la que no resulta fácil hablar, pensar y sentir en plural. Pero nuestra apuesta es una alternativa a esa visión: compartir vida y misión entre todas las personas que trabajan en las distintas instituciones de la Compañía de Jesús y de la Iglesia.